Un estudio de la UBA pone en números una realidad que hace rato dejó de ser una sensación. El dato no solo habla de pobreza, también de una generación que empieza a desconectarse del trabajo, de la educación y, muchas veces, de la idea misma de que el futuro puede mejorar.
Mientras buena parte de la discusión pública gira alrededor de la inflación o la política, hay un dato que pasó casi desapercibido: casi la mitad de los jóvenes argentinos (48,9%) vive en condiciones de vulnerabilidad. El estudio, realizado por investigadores de la UBA, dibuja un panorama donde estudiar, trabajar o simplemente proyectar un futuro dejó de ser algo garantizado para una enorme parte de la generación que debería estar construyéndolo.
Uno de los datos más preocupantes es el crecimiento de los llamados «triple NI»: jóvenes que no estudian, no trabajan y tampoco buscan trabajo. No es que no quieran hacer nada; muchos directamente dejaron de creer que buscar empleo sirva para algo. Cuando la expectativa de conseguir un lugar desaparece, el problema deja de ser solo económico y pasa a ser social.
El informe también muestra que quienes sí trabajan lo hacen, en su mayoría, en condiciones precarias. Siete de cada diez tienen alguna ocupación, pero predominan la informalidad, los salarios bajos y la incertidumbre: el 57% asegura que no llega a fin de mes y casi ocho de cada diez no cuentan con obra social. Mientras tanto, terminar la secundaria sigue siendo una deuda pendiente: seis de cada diez no lograron completarla.
Y hay otro dato que enciende todas las alarmas. Más del 70% de los jóvenes consultados dijo sufrir ansiedad o nervios de forma frecuente, la mitad manifestó síntomas de depresión o tristeza persistente y tres de cada diez reconocieron dificultades para controlar el consumo de sustancias. La paradoja es que, incluso en ese escenario, el 87,5% sigue creyendo que estudiar puede mejorar su vida. La esperanza sigue ahí; lo que parece faltar son las condiciones para que deje de ser solamente una esperanza.

